Marcela I


Conocí Marcela en lo que creo fue la primera etapa difícil que haya vivido hasta mis entonces cortos 16 años. Empezaba el 2014 y el verano mostraba su presencia en las largas colas de las piscinas y puestos de helados. Junto a los marcianos de diversos sabores y los puestos de sombrillas. Las radios sonaban a todo volumen canciones del momento, en especial una que — por su letra manchada de libertinaje y huachafería — hizo que los padres preocupados llamaran a tías o abuelitas para cuidar de esos pubertos que lo único que querían era tener "la humilde morada deshabitada".

Había terminado la secundaria — ya era hora — y como un joven que  había planeado qué hacer después del colegio — y no chantajeado emocionalmente por su ex enamorada — decidí entrar a una academia y prepararme para postular a una universidad nacional que — en mi país — eran la codicia de muchos jóvenes de clase media. Lo particular de esto era el examen de admisión que si bien es un excelente filtro de "cicleros", " primerizos", "aún colegiales" y "voy a probar a ver qué tal me va", tenía una cantidad de postulantes que superaban por mucho a la cantidad de vacantes.

Tuve la buena suerte de encontrar compañeros de mi anterior colegio a pesar de que no tenía confianza con ellos. Los días pasaban y temática era simple: recibir clases de diversos cursos y resolver ejercicios propuestos. El problema comenzaba quizás cuando lo que aprendías tenías que repasarlo. Al provenir de un colegio nacional, cientos de jóvenes tenemos el infortunio de no haber recibido una buena formación académica y por ende, querer aprender lo que no aprendimos durante 11 años — no porque no quisiéramos, sino porque nunca nos enseñaron — es algo que afecta a nivel emocional a quién solo busca superarse y salir adelante. Es uno de los pocos momentos en los que debido a no tener tus padres plata para haberte pagado un " buen colegio" — porque ni ellos mismos lo tuvieron — rozas la cojuda realidad nacional. Y lo peor es que piensas en todo esto mientras te piden memorizar razones trigonométricas o el Ciclo de Krebs. Sin embargo, no hay nada que la rutina no pueda engullir y terminas acostumbrándote.

Sería una gran mentira decir que no extraño la academia, pero más que un lugar donde me "preparaba" para un objetivo, fue el lugar donde mis sentimientos más profundos maduraron. Donde los demonios de mi pasado no permitían que siguiera adelante. Donde mi alma sangraba pero mi cuerpo no encontraba la herida. Muchos pensarán que a los 16 años los problemas de un chico son simples chiquilladas, cosas del momento que pasan con el tiempo. Es cierto. Quizás pasan, pero no hay que negar que uno sufre. Sufre en función a las cosas que puede perder,  que le pueden hacer. Sufre porque no pudo entregar la tarea a tiempo. Sufre porque la madre de su enamorada lo detesta. Sufre porque las navidades pierden poco a poco la magia, pero las cajas de cerveza aumentan más. Sufre porque vio a su padre con otra mujer y no dijo nada. Sufre por sus hermanos, que tendrán que vivir lo mismo.

                                 ~•~

Marcela no sabía que existía y en esos tiempos ni yo sabía que podía existir. La primera vez que la vi fue cuando llegó tarde y tuvo que responder a un par de preguntas para poder entrar. Parecía medir 1.50 m, tenía el cabello lacio — aunque a veces no lo parecía — tez muy blanca y un cuerpo voluptuoso de acuerdo a sus 15 años. Su mirada reflejaba calidez y ternura, así como una confianza absoluta sin la necesidad de conocerla.
La primera vez que le hablé estaba condicionada por el contexto en el cual nos encontrábamos. Le ofrecí mi ayuda para una pregunta. Nunca había sido tan social cuando de conocer gente se trataba, pero pensé que era un buen momento para cambiar.  Fue una de las tantas veces en las que el efecto mariposa probaba su veracidad ante mí, ya que de no haber hecho ese contacto, no estaría en el lugar donde estoy ahora.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Abrazo

Come as you are

Odiosea