El sol sofocante se alzaba sobre nosotros, pasábamos por casas que parecían estar llenas de todo menos de personas. Habíamos caminado durante casi una hora y empezaba a notarse el cansancio en nuestros rostros. Me contabas un poco acerca de lo que había pasado en estos últimos dos años. Pero siempre terminaba en una pelea fingida o un empujón casual. Caminabas de la misma forma coqueta de siempre y, discúlpame que lo diga, pero me encantaba. Como si fuera tu sello personal, ponías los pulgares dentro de tus bolsillos, los cuales únicamente eran opacados por tu tan conveniente cartera llena de recibos de lugares a los que quizás no haya ido. Tu mirada siempre al frente, pensando. ¿En qué piensas? Esperaba que fuese en nosotros, o al menos en lo que pasaba en ese momento. Te preguntaba cosas y me las respondías. Y no me cansaba de escucharte, sea una queja o una anécdota, siempre me resultaba encantador la forma en que te movías y hablabas. Llámame loco o mentiroso – o huevón – per...
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