Crónica de un autobús no anunciado
Antonio escuchó el despertador y
lo apagó con mucho desgano. Eran las 6
de la mañana. Se había quedado hasta tarde terminando algunos trabajos y el
sueño se reflejaba en las ojeras de su rostro. Era el sábado 9 de agosto del
2014 y el cielo gris de Lima había venido para quedarse. Se alistó con prisa
porque no quería llegar tarde otra vez. Desayunó dando grandes mordiscos, se
despidió de su madre casi por inercia y salió.
Vivía en Las Flores, en el
extenso distrito de San Juan de Lurigancho. Usualmente le tomaba 40 minutos
salir del distrito, y en el peor de los casos, 1 hora. Se dirigió al paradero de la cuadra 10 y
subió al primer autobús que decía "Tacna". No esperaba encontrar un asiento libre, y no solo porque
viviese en un distrito con más de un millón de habitantes, sino porque a duras
penas podía ver los asientos entre tanta gente amontonada.
Antonio no era fanático del
transporte público, si su economía lo permitiese tomaría taxi todos los días, o
en su defecto, un colectivo. Pero la rutina había acabado ya con sus deseos
pseudoburgueses que solo se limitaba a ver las casas o mirar los celulares de
las personas. Estudiaba administración en la Federico Villarreal, era su primer
año y aún no se acostumbraba a los horarios tan irregulares como a los
profesores tan ausentes.
Eran las 7.20 am cuando notó que
a la altura de Piedra Lisa, en el Rímac, los buses no se movían. Al principio
no le tomó importancia porque desde que tenía memoria el tráfico vehicular lo
decepcionaba tanto o más que la selección de fútbol nacional.
A las 7.35, Antonio empezó a
impacientarse, a duras penas había llegado a la siempre frecuentada Plaza de
toros de Acho y los buses que estaban adelante se vaciaban poco a poco. Muchas
veces había visto a personas bajar de un autobús debido al mal tránsito, para
después verlos por la ventanilla cuando el vehículo los pasaba. En su
condición, era una decisión engañosa tanto para él como para su bolsillo.
Contando cinco minutos para las 8
llegó a Prolongación Tacna. Su corazón se aceleraba. No se consideraba el
típico chico que llegaba puntual, bien sea porque se despertara temprano o
porque lo botan de su casa, pero no le gustaba llegar tarde. Al recordar la
tolerancia que le daban para entrar a clases se alivió, al menos hasta que
escuchó las palabras más infernales que un estudiante que tiene que entregar un
trabajo a primera hora alguna vez haya escuchado: "Cerraron Tacna".
Mentó la madre de alguien. Casi por inercia, como cuando se despidió de su
madre, bajó del autobús con dirección a la susodicha avenida. Alcanzó a ver
taxis y colectivos, los autobuses seguían de frente por la calle Francisco
Pizarro. Eran las 8 am. No era alguien que veía noticieros, no porque no le
gustaba estar informado, sino porque lo deprimían. "Quizás lo
anunciaron", pensó. Solo alcanzó a ver a personas con chalecos amarillos
que ordenaban grandes filas de personas. Llegaban desde muy lejos buses de
color azul con las iniciales “SIT”. Era un color que expresaba cómo se sentía.
Mientras se colocaba en una de las filas y
esperaba subir a los tan necesarios autobuses, pudo notar cómo rebalsaban de
gente. Los hombres de chaleco amarillo repetían que la bajada era por la puerta
posterior. No puedes cambiar el sistema de la noche a la mañana, pensó.
Resignado, vio en el celular de una señora: 8.10. "Por lo menos es
gratis", bromeó.

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